Recuerdan la explosión del Maine en el Joven Club Manzanillo IV

Usuarios y trabajadores del Joven Club Manzanillo IV recordaron este sábado la explosión del acorazado Maine que fue utilizada como pretexto por los EEUU para culpar a España e iniciar una campaña para intervenir en la isla.

El día de su destrucción el Maine no debió haber estado en La Habana. Preocupado por las condiciones sanitarias de la ciudad y su puerto, y consciente de que a más tiempo de permanencia mayor era el peligro de fiebre amarilla, el secretario de Marina estadounidense quería que la tripulación del acorazado estuviese el 17 de febrero de 1898 en los carnavales de Nueva Orleans, por lo que el barco debía salir el 15 de La Habana. Por eso el Maine debía ser sustituido hasta su regreso por el torpedero Cushing. Debido a motivos inexplicables, los oficiales que transcribieron el despacho cifrado del Secretario no consignaron que el Cushing saldría de Cayo Hueso el 15. Salió en definitiva el 11. Estuvo solo un día en La Habana y el Maine no se movió de donde estaba.

El Maine había llegado a La Habana el 25 de enero de 1898, con el pretexto de realizar una «visita amistosa», aunque para todos los conocedores de la tirantez en las relaciones entre España y Estados Unidos, su presencia no era sino una más en la cadena de presiones que el Gobierno estadounidense venía ejerciendo sobre el Gobierno español, en lo que constituía, claramente, la preparación para la intervención en la Guerra necesaria (1895-1898), organizada por José Martí, que los cubanos venían sosteniendo desde 1895 contra el Reino de España.

El Maine era quizás el mayor buque de guerra que jamás hubiera entrado en el puerto habanero. Su aspecto, fondeado en el centro de la bahía, era imponente. Parecía una especie de fortaleza flotante.

Su tripulación estaba compuesta por 26 oficiales y 328 alistados. Entre estos últimos había numerosos emigrantes, aunque casi todos eran ya ciudadanos estadounidenses o residentes permanentes en proceso de obtención de la ciudadanía. No es cierto, como a veces se ha afirmado, que la mayoría de los tripulantes fueran negros. Fuentes dignas de crédito y la observación de las fotografías de la tripulación muestran que las personas negras eran menos de la quinta parte. El comandante del buque era el capitán de navío Charles D. Sigsbee.

A las 9:40 de la noche del martes 15 de febrero de 1898, una explosión hundió al acorazado estadounidense Maine, fondeado en la bahía de La Habana. En el siniestro perecieron las tres cuartas partes de la tripulación.

Investigaciones posteriores determinaron que varias toneladas de pólvora habían detonado.

Al ocurrir la explosión, la mayor parte de la tripulación estaba durmiendo, o descansando, pero la alta oficialidad del acorazado estaba en tierra en ese momento.

De las 355 personas que componían la tripulación, 266 perdieron la vida como producto de la explosión, 8 de ellos, horas más tarde debido a las lesiones sufridas. De los supervivientes, 18 eran oficiales.

Inmediatamente después del hundimiento, la prensa sensacionalista estadounidense arreció su campaña antiespañola, responsabilizando a las autoridades de Madrid y La Habana, y los círculos políticos más agresivos intensificaron sus demandas y presiones sobre el ejecutivo para que este se decidiera a intervenir en Cuba.

En términos generales, el desastre tenía dos posibles explicaciones: la destrucción del buque se había producido por accidente o por un acto premeditado. Si se trataba de un accidente, el prestigio del comandante, y por ende el de la armada estadounidense, quedaba en entredicho. Si fue un acto premeditado por tripulantes, el comandante Charles D. Sigsbee continuaba siendo responsable. Pero si el acto había sido realizado por agentes del gobierno español, o por cubanos partidarios de la intervención, la culpa era de España, responsable de la seguridad del buque, que se encontraba legalmente en puerto y, por tanto, la explosión podía convertirse en un pretexto para la intervención.

Entre el accidente y el sabotaje era posible trazar una línea divisoria: si la explosión era interna, existía la posibilidad de que se tratara de una autoprovocación, pero resultaba posible también la explicación del accidente como causa probable. De ser externa, el acto era claramente premeditado y la culpa recaía sobre España.

 

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